January 24, 2013

ACTO IV: "El muchacho"

El mimo era incapaz de comprender el comportamiento de la muchacha. Por lo que pasaba la mayor parte del tiempo entregado a la quietud, pues lo prefería a tener que afrontar el problema, el cual le resultaba sumamente violento. Le costaba hacerse a la idea de que aquella hermosa muchacha del vestido gránate, que tiempo atrás le cautivara con sus ojos esmeraldas, hubiera cambiado tanto. De lo que sí estaba completamente seguro era de que él no podría calmar el recién descubierto deseo sexual de una muchacha que había dejado de serlo. ¿Por qué? Pues porque en algún retazo de su memoria escondía la vergüenza de no ser capaz de colmar la pasión de una mujer. ¿Qué cómo podría saber eso, si nunca, al menos que él recordase, había tenido que amar a una mujer? No tenía ni la menor idea. Simplemente, lo sabía. Y, para él, eso bastaba.
El dilema era el siguiente: el mimo sabía que si no hacia algo, las cosas sólo podían empeorar, mas si ponía remedio al problema, corría el enorme riesgo de perderla. Porque el remedio consistía en satisfacer a la muchacha; y si él era incapaz, otro debería hacerlo en su lugar. No le importaba que otro copulara con ella, lo que le molestaba es que una tercera persona se interpusiera entre ellos dos. El mimo la amaba desde su quietud. La había convertido en el pilar fundamental que sostenía la inestable estructura de toda una vida dedicada a la soledad. Había logrado una relativa estabilidad con el calor de su compañía, aunque el temblor de sus manos seguía ahí. El problema radicaba en que se sentía responsable de ello, pues era él quien le había traído hasta allí. No le quedaba más remedio que hacerlo, pensó apesadumbrado: debía proporcionarle un compañero.
Un día, tras desentumecer sus músculos, se dirigió a la muchacha que se encontraba recostada en un rincón, la despertó y la obligó a levantarse y a caminar hasta el centro de la estancia. La muchacha, aún adormecida, se dejaba hacer, limitándose a lanzar algún que otro gruñido en señal de protesta, mientras arrastraba los pies y se resistía a realizar el titánico esfuerzo de levantar los párpados.
El mimo cerró los ojos e, instantes después, los volvió a abrir. La muchacha le imitó y, sumida en la oscuridad como estaba, comenzó a impacientarse a medida que su expectación crecía. Poco a poco, sintió los párpados más ligeros, y tuvo que esforzarse para evitar que estos no se levantaran cual persianas. Entonces, notó como alguien le cogía cuidadosamente la mano derecha; en cuando hubo sentido el frío tacto de su piel supo que la mano pertenecía al mimo. Mas, cuando el mimo tiro de su mano hacia delante, percibió el roce cálido de otra mano, más robusta. Un escalofrío la hizo estremecerse y la obligó a abrir los ojos.
Ante ella había un apuesto joven de tez cetrina, rostro alargado y melena negra azabache, que la miraba con la misma mezcla de extrañeza y euforia con la que ella, pensaba, debía estar mirándolo a él. Llevaba puesto unos pantalones bombachos de color gris, unas botas altas de cuero y una camisa blanca, también muy amplía, con el cordel del cuello suelto, asomando el vello rizado del pecho, y adornado sus puños con puñetas.
Los días se sucedieron. La muchacha y el joven, ambos extremadamente tímidos, tardaron muchísimo en comenzar a relacionarse. Siendo necesaria la intervención del mimo que, al ver que ninguno de los dos hacia nada por acercarse al otro, se las apañaba para que terminasen juntos, bailando hasta la extenuación y riendo a mandíbula batiente. Pero lo que el mimo no lograba entender era su propia reacción cuando los veía bailar y se fijaba en como las manos de él se aferraban a la cintura de ella, las tripas se le revolvía y no podía evitar sentir nauseas…
Los dos jóvenes comenzaron a pasar todo el tiempo el uno al lado del otro, sentados en el suelo, o de pie, apoyados en alguno de los cuatro rincones que unían los tabiques color salmón de la caja. Se susurraban a la oreja, se miraban, cuchicheaban, se reían, se tocaban…
Y entonces, un día, pasó lo inevitable. Los dos amantes se entregaron a la pasión.
El mimo, tan pronto como oyó los gemidos de la muchacha y la vio retorciéndose entre sus piernas, literalmente engarzada de pies y manos al cuerpo desnudo de otro hombre, no pudo impedir que el odio exacerbado y la repugnancia más absoluta lo contaminara. Hasta tal punto fue así, que su fisonomía fue transformándose bajo la espesa base de maquillaje que escondía su rostro. El cual se agrietó en un sin fin de líneas inconexas que acrecentó, más si cabe, el halo de locura que ahora dominaba su expresión. Miraba a los dos amantes con los ojos inyectados en sangre, el rostro crispado grotescamente y los dientes apretados y asomados tras unos labios replegados.

No comments:

Post a Comment

Leave your opinion, dickhead.