January 24, 2013

ACTO III: "La muchacha"

El mimo se había entregado a la quietud en busca de refugio, mas seguía asediándole el recuerdo de aquellos hermosos ojos esmeralda.
Las crisis se fueron sucediendo y los intervalos de calma entre una y otra se iban acortando paulatinamente. La mente del mimo se desquiciaba con cada nuevo arrebato de furia motriz y el temblor de sus manos se acrecentó hasta hacerse evidente a simple vista. No estaba bien, nada bien.
Pero un día, en el que se levantó más tranquilo de lo que había estado desde hacia mucho tiempo, decidió que ya nunca estaría solo. Su cabeza no retumbaba, por lo que podía pensar con claridad, por lo que podía reflexionar acerca de lo acontecido. La puerta dibujada en la pared había aparecido cuando se encontraba en medio de una oscuridad deseada y había desaparecido cuando su atención se había centrado en lo particular, abstrayéndose de lo general. Así que pensó que si su propia imaginación, arrastrada posiblemente por su deseo de no estar solo, había sido la responsable de crearlo todo, tal vez, si lograba imaginar solo a la muchacha, ésta podría venir a él.
Con premura, pues temía que una nueva crisis diera al traste con todo, se puso manos a la obra. Se situó en el centro de la estancia y dejó que sus párpados cubrieran sus ojos. Y, otra vez prisionero de una oscuridad deseada, la imaginó, pero no sólo como algo físico… no… imaginó también el sonido de su voz, su tersura, su olor…
Entonces notó el frescor de la brisa sobre su cara y, en ese momento, el mimo hizo una perfecta reverencia, extendiendo su mano como si la ofreciera, gentilmente, a una dama. Su mano quedó suspendida en el aire, con la palma vuelta hacia arriba y los dedos levemente flexionados. Por fin sintió algo, el contacto aterciopelado de una mano femenina que se posaba delicadamente sobre la suya.
Abrió los ojos, y su corazón dio un vuelco. Si hubiera podido llorar, lo hubiera hecho. Ante él se hallaba la muchacha del vestido gránate, mirándole tímidamente con aquellos radiantes ojos esmeralda, mientras esbozaba una sonrisa nerviosa que aparecía y desaparecía.
El tiempo avanzaba inexorablemente dentro de la caja color salmón. La muchacha parecía adaptarse bien a su nueva situación. O al menos, eso era la impresión que transmitía de puertas afuera, pues nunca se quejaba del desagradable hedor que exudaba una estancia de aire viciado, ni tampoco de la sensación de suciedad que provocaba las altas temperaturas y que impregnaba todo su cuerpo de una pringosa película de sudor. Mas en días muy contados, cuando el calor resultaba insoportable, podía atisbarse en su faz el terrible malestar que le afligía; aunque ella se esforzara para que su anfitrión no se percatase de ello.
A medida que pasaba el tiempo, la muchacha empezaba a padecer los estragos intrínsecamente ligados al confinamiento. Era bien cierto que nadie le había obligado a tomar la mano del mimo y que, durante los primeros días, había disfrutado como una niña de cada instante pasado a su lado. Pero tampoco era menos cierto que no podía evitar desear, sobretodo en aquellos días de temperaturas extremas, huir lo más lejos posible de esa maldita caja. Se sentía como si le faltara el aire. Tenía la impresión de que las paredes color salmón que la rodeaban habían comenzado a achicar sus dimensiones, reduciendo el espacio paulatinamente, como si quisieran ahogarla. Además, con el tiempo, ella había empezado a sentirse como un elemento discordante, como si ella estuviera ocupando un espacio que no le correspondiese. Por otro lado, estaba convencida de que el mimo no podría vivir jamás fuera de esas cuatro paredes color salmón. Que moriría tan pronto como se le sacara de la caja. El razonamiento era demasiado complejo como para que ella pudiera seguirlo sin perderse, pero de lo que sí estaba segura era de que el mimo y la caja eran un solo ser: un compendio de caja y hombre. Por lo tanto, uno sería incapaz de vivir sin el otro, y el otro sin el uno. Pues, pensaba que, sería imposible justificar la existencia de la caja de tabiques color salmón, ubicada en todas y en ninguna parte, sin la presencia del mimo. Debido a esto, la muchacha se sentía culpable por sus ansias de libertad. Ya que de huir de la caja color salmón, irremisiblemente, debería dejar atrás a su preciado mimo. Cosa que pasaría sin ningún género de dudas, porque cómo iba a poder romper el vínculo, el cordón umbilical que le unía a la caja color salmón… no, era imposible.
La muchacha, aunque de manera muy solapada, estaba convirtiéndose en mujer. Los cambios por fuera eran evidentes, los cambios por dentro, es decir, a un nivel puramente hormonal, pronto lo serían. Con dichos cambios, probablemente, emergería en ella el deseo natural de encontrar un compañero. Alguien con quien poder entregarse a la pasión. Y, una vez colmado su apetito sexual, quizá concebir una vida que se gestaría milagrosamente en su útero.
La muchacha pasaba la mayor parte del tiempo que el mimo dedicaba a la quietud a explorar su cuerpo. Deslizaba el dorso de sus manos sobre la tersa de piel de sus mamas, comprobando que estaban más abultadas que la última vez que las palpó, y que también volvía a experimentar ese agradable cosquilleo cuando presionaba sus dedos. Pasó la yema de sus dedos por los pezones y comenzó a juguetear con ellos. Llevadas sus manos por la curiosidad del autoerotismo, frotaron su cuerpo, húmedo, yendo de una zona erógena a otra, como si supiese la localización exacta de cada una de ellas.
En pleno clímax sexual, mientras la muchacha acariciaba los labios de la vulva, sus dedos palpaban el canal vaginal y su otra mano estimulaba el monte Venus, la cara interna de los muslos, el vientre, la cara lateral del tronco… no pudo reprimir un suave gemido que quebró, inmediatamente, la quietud del mimo. Éste miró de reojo, y vio como se tocaba. No dijo nada, no hizo nada. Se limitó a entregarse nuevamente a la quietud.

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