January 24, 2013

ACTO II: "Una puerta dibujada en el tabique"

Los párpados descendieron paulatinamente, hasta que la pared color salmón, situada justo frente a él, desapareció bajo el telón negro de sus pestañas. En ese momento, cautivo de una oscuridad deseada, sintió como una ráfaga de aire fresco acariciaba su rostro y dilataba los poros de una tez seca y mal hidratada, debido a la espesa base de maquillaje que los cubría. Mientras disfrutaba de la embriagadora brisa, cuyo sólo contacto le hacía trascender más allá de lo físico, le pareció oír un susurro que se le antojo melodioso. Guardó silencio, concentrado toda su atención en el sentido del oído. Escuchó, escuchó y escuchó…
Largo rato después, confirmó su hipótesis. Efectivamente, lo que había llegado hasta él a través de sus oídos no eran otra cosa que los primeros compases de una composición musical.
De pronto, ante sus ojos, se generó una puerta. Aunque más que una puerta, como objeto físico, parecía el dibujo de una puerta, como si alguien hubiese trazado sus contornos con un trozo de carbón sobre uno de los tabiques color salmón. La música provenía de dentro, de detrás del tabique.
El mimo, algo temeroso, mas su curiosidad era mayor que su miedo, introdujo los dedos de sus manos en la negrura de una de una de las líneas verticales. Supuso que hallaría un asidero, algo a lo que poder anclarse para abrir la puerta. Y así fue, aunque sólo fue capaz de agarrar el canto de la hoja con la yema de los dedos. Tiró como pudo, pero su punto de agarre no era bueno y, en cuanto hacia fuerza, las yemas de sus dedos resbalaban y soltaban su presa. Aún así, no se rindió. Tiró una vez más. Nada, la puerta parecía estar atrancada. Siguió tirando. Nada. Insistió. Nada.
Entonces tiró con toda su alma, en un último y desesperado intento por abrir la puerta. Su espalda se dobló en un arco imposible mientras sus músculos se tensaban como cables de acero y sus pies se anclaban al suelo. El mimo no estaba dispuesto a ceder. ¡Jamás! Era una cuestión de tiempo. Su orgullo estaba en juego. La puerta o él. Y hasta que su columna vertebral no dijera basta, él no cejaría en su empeño.
Sin que el mimo se diera cuenta de ello, algo comenzó a crecer en lo más hondo de su ser. La rabia, nacida de la frustración, había abierto un resquicio por el que se filtraba la ira; mantenida anteriormente a raya gracias a la quietud.
El mimo, por un momento, se asustó y estuvo a punto de ceder ante la puerta. Pero no lo hizo. Aunque el precio a pagar fuera demasiado alto, bien valdría la pena. Todo con tal de lograr su objetivo y vencer en su denodada lucha contra una puerta atrancada.
En ese momento, mientras su cuerpo se retorcía debido a la terrible presión a la que eran sometidos todos y cada uno de sus músculos, justo en ese preciso momento y no en otro, con la razón nublada por el dolor, hubiera vendido su alma al mismísimo diablo si este le hubiera tentado. Todo con tal de traspasar el umbral de una puerta dibujada en la pared.
Su cuerpo comenzó a temblar espasmódicamente, su rostro se crispó bajo el maquillaje, sus ojos, desorbitados, se inyectaron en sangre… Y, entonces, no pudo reprimir un alarido, cuyo sonido no sonó como el de un animal herido, no, más bien sonó como el de un loco. Era la carcajada de un demente. No gritaba, reía. ¡Y no sabéis cómo! La locura parecía haberse adueñado de él.
En plena catarsis de agónico gozo, donde las lágrimas del llanto se mezclaban con la saliva de la risa, se oyó un chasquido y la puerta se abrió unos pocos centímetros. El mimo salió repelido hacia atrás, al resbalar sus dedos del canto de la puerta. Y tras cruzar por los aires toda la habitación, sus huesos chocaron violentamente contra la pared opuesta.
Antes de incorporarse, se quedó unos segundos en el suelo, como si quisiera sosegar su furia, apaciguar la rabia, mientras gruñía y gemía entre jadeo y jadeo. Finalmente, logró calmarse, a pesar de que sus manos continuaban temblorosas y el sudor impregnaba todo su cuerpo. Se incorporó y se encaminó hacia la puerta, que ahora permanecía entornada.
Cuando llegó a sus inmediaciones, se detuvo, paralizado; quizá víctima del miedo, quizá llevado por la prudencia. Pero fuera como fuese, inmediatamente después, asomó su ojo derecho por el hueco que quedaba entre el quicio y el canto de la hoja, y lo que vio al otro lado, le sobrecogió.
Más allá del umbral, atisbo un majestuoso cuadro a medio hacer. Un lienzo salpicado por un crisol de colores y tonalidades diferentes, difuminado todo por el continuo movimiento rotatorio de una decena de manchas informes. Nunca antes los ojos del mimo habían sido testigos de tan portentoso espectáculo. Necesitó un tiempo para acostumbrarse a la luminosidad de un lugar que no era éste sino aquél.
Las manchas fueron aclarándose, los contornos adquiriendo un mayor contraste respecto al fondo y los rasgo perfilaron formas y dieron profundidad a la composición. Los borrones repartidos simétricamente por todo el cuadro eran en realidad las siluetas de distinguidos caballeros, vestidos con sus mejores galas, y de sus respectivas damiselas, encorsetadas en bellísimos vestidos, muy escotados y provocativos, que bailaban al compás que les marcaba la música. Girando y girando, cual peonzas humanas.
El mimo espió durante una eternidad, quizá relativa, pero eternidad a fin de cuentas. No se atrevía si quiera a moverse, por lo que se limitaba a permanecer, temeroso de poder hacer. Era como si el simple hecho de plantearse la posibilidad de traspasar la fina línea que separaba dos mundos, estrangulara su ánimo. Una miscelánea de sentimientos antagónicos reverberaba en lo más hondo de su ser. Se sentía abrumado ante semejante mare mágnum de nuevas sensaciones. Desconcertado y excitado a un tiempo.
Mientras tanto, el majestuoso espectáculo que se desarrollaba más allá de una puerta que no debería estar, pero que aún así estaba, proseguía impertérrito, a pesar de la intrusión de un extraño que estaba, pero que no debería estar.
Dos mundos convergían en un mismo instante y ninguno sabría jamás de la presencia del otro.
El mimo era la única persona que parecía ser consciente del anormal acontecimiento que estaba teniendo lugar. Los demás, entregados al baile como estaban, parecían demasiado preocupados por no equivocar los pasos como para notarlo.
Pero algo ocurrió, que hizo que el mimo dejara de lado la generalidad para centrarse en lo particular. Pues el sensual influjo que expelían unos ojos verdes, resplandecientes como esmeraldas, enmarcados dentro de un rostro ovalado y armonioso, hizo presa de él. La legitima dueña de tan hermosos ojos se hallaba de pie en un rincón, como si quisiera pasar inadvertida entre la multitud. Su piel blanquecina permanecía cubierta, en parte, bajo la fina tela de un sencillo vestido gránate, con tirantes y de una sola pieza, que le llegaba hasta la mitad de sus muslos, y que dejaba entrever sus redondeces pequeñas y firmes bajo los numerosos pliegues de la ropa. Parecía una campesina en medio de un baile de príncipes. Mas ni una sola de aquellas damas, pensó el mimo, podría competir en belleza con ella.
De pronto, mientras el mimo permanecía absorto, con sus ojos fijos en la muchacha del vestido gránate, la puerta se cerró; primero lentamente, y luego con un golpe seco, como se cerraría la contraportada de un gran volumen tras su lectura.
El mimo necesitó de un tiempo para tomar conciencia de lo que había ocurrido. Era como si, segundos después de que la puerta se hubiera cerrado, saliese del trance en el que se hallaba sumido y se diese de bruces con la cruda realidad. Otra vez volvía a estar solo, entre cuatro tabiques color salmón.
Se inclinó, posando una de sus orejas sobre donde antes hubo una puerta, y escuchó, con la esperanza de oír la música, mas sólo oyó el silencio.
Sí, otra vez estaba solo.

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