January 24, 2013

ACTO I: "El mimo"

La insatisfacción del todo

Les presento, queridos noctámbulos, una historia escrita anónimamente de 5 actos, disfruten.

Érase una vez un mimo que vivía en el interior de lo que parecía ser una enorme caja de paredes color salmón. Pasaba las horas muertas, aletargado, sumido en la más absoluta somnolencia. Raras veces quebraba la simetría de su propio inmovilismo; y cuando lo hacía, era con el único propósito de desentumecer sus músculos.
El mimo ignoraba como había llegado a convertirse en lo que era: una víctima propiciatoria del concepto. Pero eso no le inquietaba demasiado, pues pensaba que su presencia ahí, dentro de aquella caja color salmón, era necesaria… incluso, vital.
¿Necesaria? ¿Vital? ¿Para qué? No tenía la menor idea. Pero era mejor pensar eso, que llegar a la conclusión de que su presencia entre esas cuatro paredes color salmón se debía pura y simplemente al azar. La conclusión que podría sacar entonces de todo esto, no sería en absoluto de su agrado. Porque de ser así, de ser el azar quien lo hubiera puesto ahí a él, y no a otro, su presencia se tornaría insustancial, carente de todo significado, un mero accidente, un absurdo nacido de la casualidad. Por eso mismo, el mimo prefería pensar que su confinamiento perseguía un propósito concreto, para el que su presencia —y no la de otro— era indispensable. Porque si no estuviese convencido, probablemente, le sería imposible mantener el equilibrio emocional; principal responsable de que la eternidad se hiciera un poco más llevadera.
Nunca se había planteado qué podría haber al otro lado de los tabiques color salmón que ponían cotos a sus dominios.
¿Qué podría ofrecerle lo que fuera que hubiera más allá de aquellos tabiques color salmón, que le indujera a abandonar un mundo hecho a su medida?
Últimamente, y cada vez con mayor frecuencia, había algo extraño en su propio comportamiento, que le hacía sentir una cierta incertidumbre que, poco a poco, derivó en preocupación. A veces, algo estallaba en lo más hondo de su ser, una especie de furia contenida, que lo encolerizaba hasta tal punto, que su calma se veía quebrada por un torbellino incesante de movimiento. Iba de un lado a otro, cual perro rabioso. Palpando las paredes primero y arañándolas después. Tan ebrio de vehemencia que ni siquiera la sangre que brotaba bajo las uñas de sus manos era capaz de apaciguar su ira. Era como si, en su desesperación, buscase un resquicio por el que poder colarse… ¿y escapar?
Con la misma celeridad con la que se había desatado la devastadora furia motriz, acudía otra vez la calma. Entonces el mimo se desplomaba, abatido y exhausto, apoyando el culo sobre los talones. Y se quedaba ahí, de rodillas, hecho un ovillo, sintiéndose terriblemente mal, sin saber muy bien por qué.
Hasta que el sueño no lo vencía, permanecía en esa misma posición fetal, contemplando el temblor de unos dedos —los de sus manos— que no habían sido moldeados para temblar.
Algo grave le sucedía, de eso no le cabía la menor duda. Estaba perdiendo el control sobre sí a pasos agigantados. Los platillos de una balanza, antes firmemente estable, se desequilibraban ahora con excesiva facilidad.
Sólo en sus sueños, el mimo podía disfrutar del desenfreno y el descontrol que le eran negados durante la vigilia. Aunque era como si dichos sueños ya no pudieran contener las llamaradas del estallido del revoltijo de miedos, deseos y frustraciones que amenazaban con consumirle por dentro. Por lo que todos esos sentimientos, que siempre habían estado bajo su control, florecían ahora con estrépito y embadurnaban la realidad que se extendía más allá de los dominios de Morfeo; mostrando lo que realmente eran y no lo que se esperaba que fueran las cosas. Cólera y rabia entremezclada desenmascaraban el verdadero rostro oculto bajo el espeso maquillaje de un mimo. ¿Qué hay tras la máscara de un mimo? La respuesta es bien sencilla: bajo el maquillaje de un mimo, sólo hay un hombre.
Las crisis cada vez eran más frecuentes. Sus ataques de furia más salvajes e incontrolados. Tras cada nueva crisis, el mimo creía haber sobrepasado de largo su capacidad de aguante, pensaba que ya nada podía ser peor y que, de serlo, sería incapaz de soportarlo. Mas el último ataque siempre era mucho más doloroso, mucho más violento, mucho más descarnado que el anterior, Mientras él, en medio de esa insufrible agonía, sólo quería llorar, romperse definitivamente, para no tener así que rehacerse nunca más, y volver a padecer ese terrible suplicio otra vez.
No, por favor suplicaba sin palabras el mimo Por lo que más quieras, otra vez no…
Los ataques no sólo no cesaron, sino que las paredes color salmón dejaron de ser las únicas víctimas de su vehemencia desatada, infringiéndose en sus propias carnes el más sangriento de los castigos; desgarrando capas y capas de la epidermis que rodeaba sus muñecas con las uñas embadurnadas por la sangre que brotaba a borbotones de sus venas amoratadas.
Y mientras se retorcía como un animal herido, sólo tenía cabida un pensamiento en su mente, el temblor de sus manos. ¡Dios!, eso era lo peor, el temblor…
Cuando despertaba, el mimo descubría, al principio con sorpresa, luego con ira y, finalmente, con resignación, que las huellas de sangre esparcidas por toda la estancia, tras cada nuevo ataque, habían desaparecido por completo, recuperando los tabiques su esplendor asalmonado; y las venas de sus muñecas palpitaban como si nadie las hubiese reventado.

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