March 20, 2012

La cara oscura del amor.

   Me aproximaba por la calle polvorienta, mirando hacia los dos lados con recelos y temores que a esta altura ya no sabía distinguir entre fundamentados o meros productos de mi imaginación retorcida.
   Mi nombre es Miriam Rivas, y como persona algo pesimista que soy, creo fervientemente en que lo que voy a enfrentar ahora no es ni más ni menos que mi propia muerte. Sin embargo, sigo acercándomele, expectante por saber el resultado final.
   Me crié en las calles de Florida, y luego me mudé a Pilar, pasando del bullicio al silencio, del ajetreo de las calles al canto de los pájaros. Guardo bellos recuerdos de mi estadía en el campo, uno de los cuales no olvido más. Lo guardo en un rincón de mi corazón, sellado con nombre y apellido.
   Lautaro Nympherbürg. ¿O era Nympherberg? No, Nympherbürg, no podría confundirlo.
   En fin, fue un viejo amor de la infancia, al cual recuerdo con muchísimo amor. Y muchísimo dolor. Fue un año de muchas experiencias, mucha pasión, y muchas frustraciones, y debo decir que fue el período más hermoso de mi vida. Pero esa es otra historia.
   Extraños son los caminos de la vida, que años después, muchísimos años después, nos volvimos a cruzar. Grande fue la sorpresa, y grande fue la torpeza con la que actuamos. Todo terminó tan abruptamente que cuando nos reencontramos ya no sabíamos cómo actuar.
   Paso a paso, poco a poco, logramos reanudar el contacto de manera agradable y normal. Y a ese ritmo empezó a surgir el rescoldo de lo que había sido nuestra relación. Comenzamos a mirarnos con algo más que amabilidad, y comenzamos a ansiar algo más que ‘‘sólo amigos’’. Fue progresando paulatinamente, hasta que un día explotó, y no nos quedó más remedio que confesar todo, sacar los trapitos húmedos al sol.
   Yo estaba en mi gloria. Hasta que un día todo se empezó a ir para abajo.
   Malos tratos. Golpizas y blasfemias. No recuerdo la causa por la que, de un día al otro, yo tenía que esconderme apenas escuchaba pasos en mi casa. Como es que tenía que hablar decentemente y sin tener que levantar la voz para no recibir un cachetazo. ¿Cómo es que de repente mis almohadas se empezaban a llenar de sangre?
   Era algo demoníaco. Podía notarlo en el aire. Un día me le enfrenté, y eché en cara el abuso. Primero vinieron los gritos, luego las amenazas, y por último los llantos. Lautaro me enfrentaba con mirada dura y labios apretados. Hasta que me pidió que me calmara y que nos viéramos en una placita para hablarlo más calmadamente.
   Y acá estoy. Tres días después, acepté el reto y vine a encontrarme con el diablo. Así es, mi mente retorcida imaginaba las cosas más satánicas e imposibles, tan convincentes que llegaban a apoderarse de mi mente y tergiversar mi realidad. Llegué hasta su figura, y miré fijo a los ojos color canela.
   Estos se volvieron rojos. Rojo sangre. Pestañeé, y ahora me encontraba en un bosque nevado. Corrí con miedo, en cualquier dirección, seguí corriendo. Hasta que me encontré con un pronunciado barranco.
   Pude sentir una respiración en mi nuca. Lenta. Pausada. Adiviné el secreto de mi amor, y las lágrimas empezaron a caer de mi rostro. Tuve que aceptar que mi fin estaba cerca. Más aún, estaba delante de mí, sonriéndome con promesas de cosas que jamás podrían cumplirse.
   Cerré los ojos, y me despegué de mi cuerpo, privándome de sentir las fuertes manos que me empujaron salvajemente al vacío.


~Blondiiitaa.

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