July 13, 2010

Y todo gracias al tequila.

   Cada cual tiene su historia: la mía es la mejor.

   Los eneros aquí son cálidos, extremadamente cálidos y secos, como desierto del Sahara. A veces eso puede ser peligroso. O no.
   Me encontraba en la taberna Tijuana tomando un tequila. Si no te acostumbras a él, en México estás muerto. Bueno, tomaba mi tequila mientras escuchaba al comentarista radial hablar de temas tontos como cantantes drogados y actrices pedófilas.
   Tomaba mi tequila cuando me pareció ver algo. Delante de mí tenía unos cuantos árboles secos y algunas casas dispersas. Ese ‘algo’ tenía una forma extraña, como de humano deforme, y rengueaba, detalle que solo alguien con la vista muy entrenada podría identificar. Sólo pude ver una silueta vaga, nada concreto, así que tomé mi Magnum y me dispuse a seguir al ser.
   Recorrí las callejuelas retorcidas de Guadalajara, tratando de descubrir un indicio de su presencia. Finalmente, llegué a un callejón sin salida. Frustrado, me dí la vuelta y me topé con un reguero de sangre. Mío no era, pero tampoco había gente siguiéndome, por lo que salí del callejón sin prestar atención al detalle. Tomé nota de un local vudú que había en la esquina, con una muñeca de mirada perdida en la vidriera, en caso de volver. Mi memoria es excelente, así que no tendría problemas en recordarlo.
   Volví a mi tequila, y posteriormente a mi casa. No recordé el suceso hasta el día siguiente, cuando apareció la víctima.
   Era la hija del alfarero. Cosa triste, era una chica bonita, muy capaz y apreciada por muchos.
   La muchacha estaba cubierta de sangre. Nada que indicara un culpable, pero me era un detalle muy familiar. Decidí continuar la búsqueda del sujeto, pero no sabía como empezar.
   Primero, volví al oscuro callejón. La sangre estaba ahí, con la extraña característica de que aún seguía fresca. Desdeñosamente, pensé que algún sabandija la cambió por si alguien llegaba a encontrarla. Probé el espeso y oscuro líquido con la punta de la lengua. Tenía un sabor salado, como cualquier tipo de sangre, salvo que poseía un deje amargo, cualidad que me llamó la atención. Tomé nota del dato, y me dirigí al local vudú.
   Sentía los ojos de la misteriosa muñeca clavados en mí mientras abría la puerta y entraba. El interior estaba sucio, deslucido, y lleno de objetos de brujería, como pesados relojes de oro, muñecas bordadas y libros de hechicería. Toqué el timbre del mostrador, y minutos después apareció un viejo decrépito rengueando ostensiblemente.
   Pregunté al hombre por la extraña criatura. Al principio se mostró hostil y comenzó a blasfemarme, pero con un jugoso soborno lo ‘ablandé’, obteniendo datos muy interesantes.
   No me dijo esas estupideces típicas sobre los muertos vivos, ánimas en pena, o algo que se le parezca. Pero al parecer, en el pueblo se cree en una antigua leyenda. Esta explica la existencia del doppelganger. Doppelganger. Para parecer más profesionales, ‘un ser que ejerce la maldad escondida en nuestras almas’.
   Mejor explicado: hay hechiceros buenos y malos. Si un hechicero te maldice, el doppelganger se manifiesta fuera de la víctima para causar estragos entre los ‘mortales’. Un doppelganger es igual a su portador, pero se puede reconocer viéndole el rojo de los ojos. Es tarea difícil, pero al menos se sabe como identificarlos.
   Con la nueva información memorizada, reanudé el viaje. En realidad, no tuvo mucho sentido, ya que no encontré nada que me sirva para cerrar más el radio de búsqueda.
   En la noche, trataba de dormir. Podía sentir a los coyotes aullar, y a ese maldito grillo que no para de serruchar las patas, como si me lo hiciera a propósito. De pronto, sentí la puerta de mi casa abrirse. El sonido me alarmó. Tomé un bate de béisbol que tenía tirado por ahí y me dirigí al salón para verificar la causa del ruido.
   Lo primero que vi al llegar fue una silueta recortada contra la pared. Pestañeé para asegurarme de que no soñaba. La silueta ahora se encontraba sentada en el sillón de cuero. El salón estaba a oscuras así que encendí la luz. Acto seguido, ahogué un grito de terror.
   El sujeto era idéntico a mí. No hubo dudas. Mi mismo cabello grisáceo rapado. Mi porte erguido y firme, como buen soldado que fui. Mis ojos verdes acerados. Hasta la ropa coincidía. Doppelganger. No podía ser. Todo era tan intrincado. Y misterioso. ¿Cómo? No recordaba haber tenido conflictos con nadie últimamente, y menos con alguien que ejerciera la magia negra, porque ya me habría enterado. ¿Cómo pasó esto? No viene al caso. Tenía que encontrar la manera de escapar y eliminar a esa alimaña salida de mí. Ahora.
   La criatura me miraba fijamente. Recordé a la muñeca vudú y me estremecí. No recuerdo el por qué, pero sé que en ese momento me vino a la mente un cuento que me contó un viejo brujo, acerca de los seres que a temperaturas cálidas mueren. Suena idiota, ¿verdad? No me pregunté por qué pensé eso hasta que miré la estantería adyacente al sillón.
   Tequila. No, no estaba borracho, y tampoco necesitaba la bebida en ese momento. Bueno, la necesitaba, pero para otro fin.
   El tequila es un aguardiente de graduación muy alta. Espero que ya se imaginen mi genial idea. Empecé a implorarle piedad estúpidamente al doppelganger mientras me movía discretamente hacia la botella. Finalmente, la agarré. Tomé un buen sorbo y se lo escupí al sujeto. Tal como lo esperaba, se empezó a retorcer y salió corriendo afuera. Lo perseguí, colérico, arrojándole montones de sorbos de mi preciada botella, hasta que se paró en seco y empezó a convulsionarse.
   Cuando me dí la vuelta, la alimaña ya se estaba disolviendo de a poco. Mejor. Se lo merecía.
   Y acá estoy. Tomando. Descansando. Teniendo siempre la Magnum a mano. Y la despensa llena de tequila.

Narración hecha para la clase de Lengua y Literatura. Nota final: 9,50 (nueve cincuenta)

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